martes 28 de junio de 2011

Conversaciones al atardecer: Entre habas

Otro verano caluroso está llegando y la temporada del huerto se avanza. Carla y yo tenemos mucho trabajo, removiendo la tierra, regando y recogiendo los primeros frutos: zanahorias, nabos, guisantes, remolachas, lechugas y esta tarde, sobretodo, habas.

Mientras yo iba regando tomates y calabacines, Carla ha recolectado una gran cantidad de habas. Las iba contando una a una, para después colocarlas con gran cuidado en el cesto. Lo gracioso es que al llegar a cinco, ya no continuaba, así que en realidad hemos recogido 5, que es verdad, pues han sido 5 kilos.

- Después nos sentaremos en la terraza, aprovechando los últimos rayos del sol para quitarles la vaina. Te parece bien?

- Que hay dentro papá?

- La haba que luego nos comeremos. Primero crece dentro de la vaina, por eso tenemos que quitarla.

Carla mira curiosa una de las habas y le da un mordisco. Pone mala cara ante el gusto aspero y amargo. Más tarde comprenderá que es el grano lo que se come, y que éste es más bueno, un tanto azucarado.

- Uff, que calor.

Carla tiene razón. Si la temperatura continúa así todos los días, la tierra se va a secar rápidamente. Pronto tendremos que poner paja en el pie de las verduras para que la tierra esté húmeda y las plantas encuentren mejor sus alimentos. Entramos en casa para coger un gran bol donde poner las habas, un cesto donde tirar las vainas y una gran jarra de agua fría para refrescarnos. Nos sentamos tranquilamente en la terraza y muestro a Carla como se debe quitar la vaina y sacar las habas de dentro. Ella repite y después de 5 o 6 intentos, ya es casi una experta y le encanta. De vez en cuando se come una haba y ahora si que pone buena cara.

- Tranquila que luego voy a cocinar habas al jamón, con cebolla y zanahoria.

- Que bueno.

La miro expectante. Tiene esa cara de alegría de cuando aprende algo nuevo. Los ojos le brillan y no para de sonreir. De hecho no para de hablar. Me cuenta cosas de la escuela, los amigos y otras cosas. Habla y rie. No para de reir. Es gracioso verla reir de cualquier cosas. Los adultos perdemos esta capacidad.

- Creo que ellos no hablan, no tienen tiempo. Me gusta hablar.

- Quien es ellos Carla?

- Ellos...

Y hace un gesto alrededor, como queriendo abarcar toda la región. Con ellos se refiere al vecino, a la profesora, el panadero, los otros padres y madres y demás gente que nos rodea. Es verdad que a Carla le gusta hablar, lo hace continuamente, explica muchas cosas y, a menudo, no se le entiendo muy bien todavía, a pesar de que en los últimos meses ha avanzado mucho y se expresa mucho mejor. Puede que nuestras conversaciones al atardecer le hayan animado a hablar. Parece que comienza otra de mis reflexiones.

- Sabes Carla, me gusta que seas así. Cuando era pequeño yo era algo tímido, la gente me preguntaba y yo no respondía. Me enfurruñaba y me escondía. Tardé muchos años en perder esta timidez. Pasó mucho tiempo hasta que cogí gusto en hablar con la gente. Estoy de acuerdo contigo. Las personas no tienen tiempo para hablar. El trabajo, la casa, las actividades, nadie dedica ni siquiera unos minutos a hablar con los demás. Ni tan siquiera con los más cercanos. Y cuando tenemos tiempo, hablamos de banalidades, que está bien, pero que no pueden monopolizar las conversaciones. A veces, hago cosas que considero importantes, pero si alguien llega y comenzamos una conversación que conlleve a un debate o una reflexión a considerar, no dudo en parar lo que hago para dedicarme a ello. Esto puede ser que me retrase en mis...

- Ya está.

Entonces me doy cuenta que hemos acabado de desgranar las habas, incluso que Carla ha empezado a recoger los utensilios. Vamos juntos a tirar las vainas a la papelera orgánica y al volver nos damos cuenta que tenemos muchas habas. Hay que hacer algo.

- Cocinar todas?

- No Carla, vamos a congelarlas, así tendremos también en verano y otoño.

- Y para el invierno?

- No creo que llegue para entonces, aunque quien sabe. El año que viene plantaremos más.

Ponemos las habas en saquitos de congelación, los cerramos y los metemos en el congelador. Carla cree que lo olvidaremos allí dentro y que nunca saldrán, pero yo le aseguro que las comeremos poco a poco. En todo caso, dejamos una buena cantidad fuera y nos disponemos a cocinarlas.

- Venga, me ayudas a cocinar?

- Quiero jugar.

Y a ello se va. Es normal, no se puede pedir a las pequeñas que participen siempre de las tareas. Hay límites y se deben respetar. El sol comienza a ponerse y esto, a las puertas del verano, quiere decir que comienza a ser tarde. Me pongo manos a la obra, pues mi estómago comienza a protestar, por lo que Carla vendrá dentro de poco con hambre a pesar de que ahora esté absorvida con su nueva actividad.


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